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domingo, 2 de enero de 2011

Jack Nicholson, el antihéroe de Hollywood

Retrato a lápiz del actor en su papel de Daryl Van Horne para Las brujas de Eastwick.

Con su cínica sonrisa, su mirada salvaje y su peculiar modo de alzar las cejas, Jack Nicholson posee probablemente uno de los rostros más carismáticos de la historia del cine. Además, por si esto fuera poco, sus tres Premios de la Academia obtenidos por Alguien voló sobre el nido del cuco, La fuerza del cariño y Mejor... imposible, lo convierten también en uno de los actores más oscarizados de todos los tiempos, empatado con Walter Brennan y superado por Katharine Hepburn.
  Curiosamente, Nicholson tenía más de treinta años y más de una década de trayectoria actoral en películas de bajo presupuesto cuando Easy Rider hizo de él finalmente una estrella. Su reputación de antihéroe rebelde fue favorecida por tres famosas confrontaciones en películas de los años setenta: Mi vida es mi vida, El último deber y Alguien voló sobre el nido del cuco. Con posterioridad, encarnó a villanos perturbados en El resplandor y Batman, a un irascible coronel de los marines en Algunos hombres buenos y a un jefe de la mafia manchado de sangre hasta las cejas en Infiltrados.
  Como saben los auténticos fans de Jack, éste realiza algunas de sus mejores interpretaciones en roles poco vistosos cuyo poder se expresa a través de la sutileza de su actuación. De hecho, ha rechazado a menudo papeles en grandes producciones comerciales para encarnar roles más arriesgados como los hombres introvertidos, sombríos y meditabundos de Ironweed (o Tallo de hierro), Cruzando la oscuridad (o The Crossing Guard), El juramento y A propósito de Schmidt. Pero es que Jack —el salvaje, el gran seductor— también es un actor de muchos matices, y es en Chinatown donde brinda la que puede que sea su interpretación más memorable.
  En cualquier caso, Nicholson es y será siempre uno de los grandes iconos del cine de todos los tiempos. Ningún amante del séptimo arte podrá dejar jamás de experimentar un escalofrío al recordar su rostro sonriente y convulsionado por la locura asomando entre los restos astillados de la puerta del baño del Hotel Overlook y exclamando: «¡Aquí está Jack!».

«¿Has bailado alguna vez con el diablo a la luz de la luna?»
El Joker (Jack Nicholson). 

martes, 14 de diciembre de 2010

Clint Eastwood, duro de profesión

Retrato a lápiz del actor en su famoso papel de el Hombre sin nombre para Por un puñado de dólares.

Alto, parco en palabras y letal. Así era el implacable pistolero conocido como El Hombre sin nombre, la primera encarnación cinematográfica importante de Clint Eastwood. Este brutal antihéroe, protagonista de tres espagueti wéstern Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo fue un icono cuidadosamente creado por Eastwood y el director Sergio Leone.
  Para empezar, la elevada estatura de Eastwood lo convertía ya en una presencia destacada. Él mismo cuenta que lo han comparado con una pequeña secuoya. Luego estaban la mirada impenetrable, el rostro curtido y el poncho raído, que le conferían un aspecto amenazador. Eso sin mencionar los cigarros toscanos que Eastwood odiaba tener que fumar y que lo ponían de un humor de perros. Leone le dio un único consejo al actor: «No hagas nada, quédate quieto justo donde estás», y la tensa quietud de Eastwood transmitía una sensación de ira acumulada y a punto de salir disparada de su Colt del cuarenta y cinco en cualquier momento.
  Eastwood cortaba además sus propios diálogos para crear una omnipresente sensación intimidatoria. «Hacía que el aire dijese más que las palabras», dijo el compositor Quincy Jones en cierta ocasión. Cuando por fin abría la boca, era para proferir amenazas entre dientes. Los productores de la primera película se mostraron escépticos al principio. Como el propio Eastwood cuenta, decían: «pero por Dios, este tipo no hace nada. No dice nada. ¡Ni siquiera tiene un nombre! Y ese puro ahí colgando, consumiédose sin más». Sin embargo, el público en todos los rincones del mundo respondió enseguida al aura de misterio tan poderosa que transmitía el enfoque minimalista de Eastwood a la creación del personaje.
  Y eso fue sólo el principio, pues aunque eran muchos los que creían que el actor jamás iría más allá de los papeles de tipo duro, con los años demostró también excelentes dotes para el drama, como se se refleja en Los puentes de Madison o Gran Torino. Además, desde que en 1970 fundó la productora Malpaso, Eastwood ha dirigido más de veintisiete películas, en las que destacan los temas de la redención, la justicia y la expiación. En este sentido, el mayor exponente es Sin perdón, un atípico wéstern que rompe con los estereotipos y desdibuja la línea divisoria entre los héroes y los villanos. 
  Por sus filmes, Eastwood ha recibido dos Óscar a mejor película, dos a mejor director y numerosísimas nominaciones, y continúa haciendo películas que amplían y reinventan los géneros, tramas y mecanismos tradicionales de Hollywood. Esperemos que siga haciéndolo por muchos años más.

«Tiene que haber cientos de razones para que no te dispare. Pero ahora mismo no se me ocurre ninguna.»
Nick Pulovski (Clint Eastwood).

lunes, 8 de noviembre de 2010

Marlon Brando, el genio arrogante

Retrato a lápiz del actor en su famoso papel de Stanley Kowalski para Un Tranvía llamado Deseo.

El pasado uno de julio se cumplieron seis años desde la muerte del gran Marlon Brando, considerado como el mayor exponente del método Stanislavski y uno de los actores más brillantes del siglo XX. 
  Ganador de dos premios Óscar al mejor actor principal (La ley del silencio, en 1954, y El Padrino, en 1972), Brando sigue suscitando imágenes arquetípicas del mito cinematográfico sólo con nombrarle y evocar su figura, ya sea con la atractiva y agresiva sexualidad de sus camisetas rotas o su cazadora de cuero, ya sea con la elegancia patriarcal de Don Vito Corleone. Entre una y otra evocación, casi treinta años de carrera al pie de un cañón metafórico de lucha y postura personal que le distiguió del conjunto de sus contemporáneos. Y es que, desde sus primeras películas, Brando manifestó una falta de interés total por las convenciones de la industria cinematográfica, actuando según su propio criterio. Con ello influyó a otros actores como James Dean, Paul Newman e incluso, más adelante, también Robert De Niro. 
   Tan excéntrico como apasionado, revolucionó la interpretación cinematográfica convirtiéndose en el mejor representante que el Actor's Studio jamás soñó tener. Pero quizás lo que más caracterizó a Brando durante toda su carrera fue su descomunal arrogancia, que le procuró la admiración de muchos y la antipatía de otros tantos. Sin embargo, a él todo esto le traía al pairo, y no tenía inconveniente alguno en fanfarronear diciendo «Cierto que soy un grande de Hollywood, pero mejor no digamos de Hollywood; prefiero no circunscribir mi grandeza. Me encantaría que colgaran un retrato mío en la Luna y que desde allí observara el universo con la misma superioridad con que he mirado siempre el mundo. Y reiría eternamente». Él mismo se autodefinía como egoísta y egocéntrico: «Los otros constituyen, con demasiada frecuencia, un notable y desagradable fastidio. Me gusta coger al género humano por el cuello y sacudirlo con fuerza. Esto lo haré el mayor tiempo posible».
   No obstante, a pesar de tanta soberbia, lo cierto es que la vida de Brando, repleta de excesos, marcó una irregular trayectoria profesional, pues si bien protagonizó un buen puñado de obras maestras, también es cierto que, en algunos momentos, prostituyó su enorme talento en films que no le merecían a cambio de un buen puñado de millones de dólares.
   Con todo y con eso, Marlon Brando será siempre un gran icono de Hollywood, y jamás pasará de moda. Es, como Bogart, un punto de referencia al que hay que volver cada equis tiempo para revivirlo y darlo a conocer a las nuevas generaciones.

«Soy curioso como un simio. Combativo como un oso. Feroz como un tigre. Terco como una mula. En resumen, el animal al que más me parezco sigue siendo el hombre.»
Marlon Brando.